A la edad de cinco años, María tuvo un hermano menor que pronto enfermó gravemente. Aunque María no comprendía la gravedad de la situación, una noche, cuando su madre estaba sentada junto a la cuna del bebé, preocupada, María simplemente se acercó, se sentó a su lado y tomó la mano de su hermano. La madre, al observar esto, quiso enviar a María a otro lugar, pero notó que el bebé, de repente, se tranquilizó. Su respiración se hizo más pausada, su rostro se relajó, y esa noche comenzó a mejorar. María no comprendía lo que había sucedido, pero este fue el primer momento en que sus fuerzas internas se manifestaron de manera evidente.
En la escuela, María siempre percibía las emociones de las personas de manera más aguda que los demás. Podía detectar quién estaba triste, incluso cuando intentaban ocultarlo. Un ejemplo de esto fue su amiga Tania, quien en secreto estaba angustiada por una pelea con sus padres. Tania no compartía sus problemas, pero María sentía su dolor como si fuera propio. Se acercó a ella, la tomó de la mano y le dijo: «No te preocupes, todo se resolverá pronto». Esas simples palabras cambiaron la situación. Tania sintió alivio, aunque en ese momento no lo comprendía del todo. Unos días después, le confesó a María que de alguna manera sus palabras le habían transmitido una energía de tranquilidad, y desde entonces todo empezó a mejorar.
Durante la adolescencia, María comenzó a notar extraños sincronicismos. Cuando tenía alrededor de doce años, empezó a ver números repetidos en el reloj, como «11:11» o «22:22». Al principio, le parecía una coincidencia divertida, pero después los números aparecían con tanta frecuencia que sentía que intentaban decirle algo. Un día, mientras volvía a casa desde la escuela, vio a un anciano de pie al borde del camino, con aspecto perdido. Instintivamente sintió que debía ayudarlo. Se acercó y le preguntó si necesitaba ayuda. El anciano la miró como si la reconociera y le dijo: «Estaba esperando a alguien como tú». Fue otro ejemplo de cómo su intuición comenzaba a manifestarse.
Con el paso de los años, María intentó ignorar estos extraños incidentes y se esforzaba por ser «como los demás». Quería encajar en la sociedad, ser la persona que los demás esperaban que fuera. Sin embargo, cuanto más intentaba ser normal, más sentía la desconexión entre su verdadera naturaleza interior y el mundo exterior. Los sueños que tenía a menudo estaban llenos de símbolos y figuras, pero nunca les daba importancia, atribuyéndolos al cansancio o al azar.
Sin embargo, un día, a la edad de veinte años, María tuvo un sueño que cambió su vida. En su sueño, se encontraba en una enorme biblioteca iluminada. Las estanterías se alzaban hasta el techo y los libros emitían un cálido resplandor. En el centro de la sala se encontraba una figura; no era clara ni definida, pero irradiaba una calma sorprendente. Esta presencia la observaba con tal sabiduría que María sintió incomodidad por todas las veces que había ignorado su propio conocimiento interior. La figura no pronunció una sola palabra, pero levantó la mano y señaló su corazón. «Todas las respuestas están dentro de ti», resonó una voz en su mente. «Siempre lo has sabido, pero tenías miedo de aceptarlo».